Desenfocado, el weblog

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I’m Loving It!

Los únicos McDonald que me gustan son los hermanos que forman Redd Kross.

Porque, cuando a tu alrededor no para de caer mierda y encima el tiempo es malo, hay que intentar poner buena cara, y supongo que ese debe de ser su lema, aunque, sinceramente, dudo que sufran demasiada lluvia en su soleada California.

Y precisamente buena cara y buen rollo a raudales fue lo que ofrecieron los hermanos McDonald el lunes por la noche en Bikini, en uno de los conciertos de su minigira española. Yo ya me había perdido su anterior visita –eso de pagar un pastizal para ir al Primavera Club no entraba en mis planes ni en mi presupuesto– y mi último recuerdo suyo era el de su concierto en Apolo, donde me defraudaron un poco y lo más destacado fue el clon de Mortadelo que llevaban de guitarrista.

Esta vez se presentaron con la formación que veis aquí debajo, aunque no con esas pintas tan estrafalarias, por desgracia.

Unas risas con los Redd Kross - (c) Jackie Roman

Los Redd Kross, radiantes y sonrientes – (c) Jackie Roman

¿Y qué puedo decir que no haya dicho ya mi hermano en su crónica para Mots Radio? Pues que me divertí como un enano con los movimientos arraphaelados de Jeff McDonald –creo que Mario Vaquerizo daría una costilla por cantar igual y tener la mitad de presencia que él–, con los discursos y poses ultrarocanroleras de su hermano Steven, y con todo su repertorio, que abarcó desde temazos de su último disco, Researching the Blues, hasta Deuce, de los Kiss, pasando por canciones antiguas como Annie’s Gone o la potentísima Jimmy’s Fantasy.

Quizás lo único negativo fuera que se hizo un poco corto y que no llenaron la sala, pero no se puede negar que los Redd Kross se lo curran y que transmiten un buen rollazo y una energía tan potente como la que ofrecían hace 20 años, cuando los descubrí como teloneros de Stone Temple Pilots (donde –todo sea dicho– se merendaron con patatas a los grungeros cabezas de cartel).

Y es que hay cosas que envejecen muy bien.

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Woke Up This Morning…

Ya hace más de medio año que perdimos a James Gandolfini, un actor inmenso al que –para bien o para mal– es imposible disociar de Tony Soprano. Sé perfectamente que no es un tema de actualidad, pero es que a mí me ha llevado más de seis meses el asimilar que no volveremos a ver a ese gigantón haciendo de tipo acojonante de mirada triste ni de bonachón de sonrisa tierna.

El puto amo
El puto amo.

Y es que es duro aceptar que ciertas personas mueran –aún más si lo hacen siendo relativamente jóvenes– cuando no paras de verlos en la tele o en el cine. Pero llega un momento en el que algo te golpea y te hace cobrar plena conciencia de ello.

En mi caso, ese golpe llegó tras ver esta pequeña joya en forma de homenaje audiovisual que le dedicaron en la HBO, con declaraciones y testimonios de amigos, directores y compañeros de reparto.

Si eres fan de Gandolfini, será imposible que lo veas sin derramar ni una sola lágrima. Yo fui incapaz de lograrlo. Pero es que… joder… es una pena que los buenos casi siempre se vayan antes de tiempo. Sobre todo porque el mundo siempre es un poco peor sin ellos.

En fin, que os dejo con el trailer:

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El Post de la Marmota

Iba a titularlo «Puto 2013», pero me ha parecido un pelín excesivo. Además, releyendo los posts findeñeros de estos años anteriores, me he dado cuenta de que me he convertido en una especie de Bill Murray atrapado en Punxsutawney, aunque en mi caso me haya instalado en una extraña rutina de crisis y mal rollo mezclada con tremendos puntazos y alegrías que se va repitiendo año tras año.

Supongo que así es la vida, pero jode un poco que ese rollo se haya apoderado un poco de nuestras vidas y haya gente que no nos deje levantar cabeza. O al menos no del todo.

Porque claro, leo cosas como este último post de Bruno y pienso, «pues quizás no estamos tan mal…», o que no tengo tantísimos motivos para quejarme. Pero no nos engañemos, eso no es un consuelo. El consuelo –si es que puede llamarse así– lo encuentro en que he viajado a sitios a los que creía que nunca viajaría, en que he tenido grandes encuentros y reencuentros con colegas, en que he escuchado buena música y en que he visto buenas series.

Y, sobre todo y por encima de todo, todo eso lo he seguido compartiendo con la bella e inigualable Sra. Desenfocado, con la que he celebrado nuestro primer aniversario de boda. Y sólo por eso, las cosas ya merecen la pena y se hacen más tolerables.

Así que, un año más, tocará quedarse con lo bueno e intentar apartar un poco lo malo. Lo justo para que no huela o nos apeste la casa, pero sin olvidarlo. Así, cuando lleguen tiempos mejores, los saborearemos aún más.

Y en cuanto a las listas de propósitos… me temo que, una vez más, me los guardaré para mí mismo. Y ya veré si los cumplo o no.

Nos vemos en el 2014.

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Christmaseando

Desde hace años, no soy gran fan de la Navidad, aunque tampoco estoy en ese sector –ya mainstream– de gente que la odia (ya sea cordialmente o con toda su alma). Yo me limito a verla venir y a disfrutarla  en su justa medida. Sin la alegría de un crío ni la amargura de un emo, simplemente quedándome con el factor buenrrollero, que suficientes mierdas tenemos el resto del año.

Con lo que sí que disfruto es haciendo fotos para las felicitaciones navideñas. Quizás sea porque me permite seguir haciendo el tonto delante de la cámara, pero con una buena excusa. Vamos, como el rey, pero sin matar elefantes y sin zumbarme a Corinna. Hondas satisfacciones, las justas, amigos…

Si me seguís desde hace tiempo, las habréis ido viendo. Si no, aquí podéis consultar las felicitaciones que he ido haciendo desde 2008, ya fuera solo o acompañado de mi bella esposa.

Tras el breve parón del año pasado, la Sra. Desenfocado y yo hemos vuelto a la carga y hemos optado por una felicitación más sobria y con menos espantajería –como toca en una época de recortes como la actual–, pero que creo que nos define bastante:

Los hambrientos Sres. Desenfocado

(Pequeña pausa publicitaria: Vaya desde aquí mi más sincero agradecimiento al gran Jordi por su inestimable ayuda con las tipografías y otros detalles. Además de ser un tío majísimo, se marca unas sesiones como DJ bien ricas. Vean, vean)

Pero esa no ha sido la única sesión navideña de este año. Mi amigo Chris  –el noruego que más sabe de vinos, socio de la imprescindible Bodega Bonavista e ilustré culé– quedó muy contento con su In Black y, seguramente atraído por las ondas payasiles que desprendo a menudo, decidió proponerme hacer otra sesión de fotos, esta vez con temática Papanoelil. Y este fue el resultado:

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Y es que nada dice mejor «Feliz Navidad» que un par de Papás Noel borrachos. En fin, todo sea por felicitar las fiestas y desear un buen año con estilo, buen rollo y risas.

Pasadlo bien y disfrutad de la Navidad, o esquivad el temporal de comilonas y reuniones familiares como podáis.

Yo pienso hacerlo.

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Talloneando

Me gusta la gente que escribe bien. Creo que alguna vez he reconocido, no sé si en público o a través de este blog, que me produce una sana envidia esa capacidad para juntar palabras, expresar ideas y mezclar temas con una aparente facilidad. También debo reconocer que esa habilidad pasa a molestarme bastante cuando está en manos de escritores gilipollas a los que desearía no haber conocido, ya fuera a través de entrevistas, apariciones televisivas o en persona.

Ese no es el caso de Juan Tallón -aunque no sé si él preferirá Xoan-, el escrito gallego con el que había cruzado unos cuantos tuiteos -incluso tuteos- antes de conocerlo en persona con motivo de su visita a Barcelona para presentar su novela El váter de Onetti, hace ya un trimestre, en la lejana víspera de la Diada.

 

El Sr. Tallón himself
El Sr. Tallón himself

 

Es una vergüenza que, después de que fuera tan amable de charlar conmigo e incluso me dedicara el libro, haya tardado tanto en terminar su lectura. Podría mentir a medias y decir que no lo he terminado hasta hace un par de días porque no quería dejar de disfrutar de su prosa -cosa cierta -, pero creo que sería más honesto achacarlo a mi vagancia y a lo que me cuesta últimamente ponerme a leer fuera de horas de trabajo.

Pero vamos al grano. La novela es un falso slice of life de Tallón mezclado con ciertos toques ficticios -que no procederé a especificar aquí para no destriparle el tema a nadie-, en la que el alter ego del autor (que casualmente tiene su mismo nombre) va narrando las viscisitudes de un cambio de aires, de ciudad y de trabajo para poder escribir su siguiente novela, y la forma en que todo conspira en su contra para que no lo haga: desde la pereza y el desasosiego hasta ese disfrute del fracaso en plan masoquista, además de diversas juergas, cenas y jaranas planetarias.

Y es que ese revolcarse en la mierda propia es marca de la casa en la escritura de Tallón. Como él mismo dice, «No puedes escribir si no pones toda tu basura encima de la mesa. Sin basura, no hay biografía». Pero es que es una basura escrita cojonudamente bien, como deja constancia con bastante regularidad en su blog Descartemos el revólver. Tanto que casi dan ganas de haber sufrido esos desencantos y haber cometido esos errores si te aseguran que eso te llevaría a escribir así de bien.

Lo importante es que el ritmo de la novela es una especie de Elige tu propia aventura,donde la narración va saltando entre tramas y temas -con multitud de referencias y apariciones literarias y un sinfín de pequeñas grandes anécdotas- para converger todo hacia el final, en un cierre que me dejó algo patidifuso. Ojo, no insatisfecho sino más bien con una sonrisa de incredulidad y sorpresa.

En fin, que si aún no habéis leído a Juan Tallón, ya estáis tardando. Yo, de momento, ya voy preparándome para la próxima vez que coincidamos, porque esta vez sí que nos iremos de copas. Ahí queda dicho y propuesto.

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