Y es que ya llevaba demasiados días dándole vueltas a un nuevo post. Que si cagarme en la aplastadora victoria electoral del PP. Que si cagarme (one more time) en el infraser inmundo que es el gilipollas de Sostres. Que si cagarme en los listillos de Twitter (cuando muchas veces soy uno de ellos)…
Pero mi estómago tiene límites en lo que a evacuaciones se refiere y ya voy camino de una úlcera, así que me los he ido ahorrando a medida que se me iban ocurriendo. Por suerte, hoy mi hermano me ha lanzado ese salvavidas mañanero que ha resultado ser El Camino, el último disco de los Black Keys. Es imposible no sentir cierto palotismo setentero desde el momento en el que empiezan a sonar las primeras notas de Lonely Boy. O con Gold on the Ceiling, otra oda a las guitarras distorsionadas y con un regusto vintage de estilazo indiscutible.
Ese toque setentero actualizado que impregna todo el disco queda en perfecta sintonía con la portada. Y ha conseguido que escribiera este post. Sólo por eso ya se merece una escucha. O todas las que hagan falta, copón, que los Black Keys molan. Y punto.
Eso sí, algún día conseguiré escribir un post/crítica/recomendación con algo más de calma y cabeza, y no sólo ante el calentonazo que me provoca. O no, que quizás ahí esté la gracia.
Son buenos músicos, son honestos, han tenido una evolución musical de lo más coherente, tienen un frontman cojonudo y… mejor paro ya, que parezco Jose Luis Moreno en Noche de Fiesta. Pero vamos, que queda claro que son una de las bandas que está en mi top 10 de grupos favoritos de todos los tiempos.
¿Y a qué viene toda esta apología de los de Seattle? Pues a que el otro día vi al fin el documental Pearl Jam Twenty, dirigido por Cameron Crowe, que supone un repaso a toda la trayectoria de esta banda a base de entrevistas actuales, imágenes televisivas de la época y toda clase de videos caseros. En todo el metraje se nota el cariño y la amistad de Crowe con la banda, y la cinta termina siendo un homenaje en toda regla a una gente que se ha mantenido fiel a su espíritu.
Quizás las dos horas que dura se hagan un pelín largas, pero es una gozada el revivir los momentos más salvajes de Eddie Vedder, el poder ver la cara más íntima de la banda y, en definitiva, ser testigo de la evolución que ha ido sufriendo la banda a lo largo de su historia (incluida la broma Spinal Tapera sobre los cambios de batería). Es genial ver que siguen siendo tipos normales a los que le encanta tocar y que disfrutan haciendo discos y conciertos, sin humos ni actitudes rockstarescas.
Si ya conoces a Pearl Jam, estarás ante un documento imprescindible. Si no conoces a la banda, también, pues te ayudará a conocer toda la trayectoria y la música de estos (casi) cincuentones.
Lo bueno es que el documental ya ha conseguido que lleve un par de días escuchando por enésima vez toda su discografía y reviviendo todos los sentimientos que me ha provocado a lo largo del tiempo, y eso ya es digno de mención.
Yo, que juré mi odio (semi)eterno a Nando Cruz en los años 90, cuando se dedicaba a destripar a todas las bandas que me gustaban desde su privilegiada tribuna en El Periódico… Yo, que me prometí no volver a leer nada del susodicho, me encuentro con que me he leído de una sentada su libroUna semana en el motor de un autbus: La historia del disco que casi acaba con Los Planetas, título corto y memorizable para un libro que vale su peso en oro como testimonio de cómo fue el proceso de gestación de uno de mis discos favoritos de todos los tiempos.
Ya conocía algunos detalles (pocos) sobre la vida privada de los de Granada, pero poder leer tantos detalles tan íntimos y descarnados siempre es interesante e impactante. El paseo por el lado salvaje de Florent, las idas de pelota mesiánicas pero honestas de J, el génesis de temazos que han marcado mi vida… todo está ahí. Y todo eso me ha servido para ver ese disco con otros ojos, para apreciarlo aún más y para tener más claro que Los Planetas siguen siendo una de mis bandas favoritas.
En fin, que tanto si os gusta la banda como si no, el libro del amigo Nando (que se ha marcado un buen tanto) es de lo más interesante y recomendable.
Y circulen, que aquí no hay nada más que ver. Yo voy a ponerme por enésima vez el disco…
…Sobre todo si has tenido un buen fin de semana. O, qué coño… aunque no lo hayas tenido. Los lunes apestan y punto.
Por eso, todas las ayudas son buenas en la tarea titánica de volver a poner el chip de currante y apechugar lo que te espera hasta que llegue el jueves, cuando la semana se suaviza y ya huele a finde.
Y la ayuda de hoy se llama BlakRoc, una pequeña gran joya hiphopera a cargo de los Black Keys y 11 raperos como Mos Def, RZA, Ol’ Dirty Bastard o Jim Jones. Qué discazo, madre mía. De principio a fin, canciones buenrolleras y con unas bases arrolladoras. De lo mejorcito que he escuchado en mucho tiempo.
Pero basta de palabras. Os dejo con el video con la colaboración de Mos Def. Grande, grande:
A veces está bien inventarse palabras raras, aunque solo sea para poder definir la música de alguien. Y, en este caso, creo que sería la más adecuada para referirse al señor Mark Oliver Everett, el alma de Eels y autor de las canciones más bonitas melódicamente y más destructivas en cuanto a letras.
Olvidaos de emos, góticos y nu-metaleros de medio pelo que van de torturados por la vida. Lo que sí que impacta es que un tipo como Everett (o E a secas) no se haya pegado un tiro o se esté revolcando por el fango constantemente tras las diversas putadas que la vida le ha deparado (imprescindible que leáis Cosas que los nietos deberían saber, su impactante e emocionante libro).
Pero no. E se vuelca en su música, juega con los instrumentos, pasa sin rubor de lo más sensible a lo más rockero, y suelta unas letras que destilan dolor y al mismo tiempo esperanza.
Porque, reconozcámoslo… todos los que hemos escuchado las canciones de Eels o hemos leído el libro de E hemos llorado en algún momento, pero también nos hemos visto catapultados por esa mezcla de estoicismo y optimismo pesimista que transmite Everett. Todos querríamos superar los trances de la vida con la misma entereza que este tipo.
Y, qué coño. La primera vez que pensé que dejarse barba podía molar en mi persona fue cuando le vi dejársela a él en la época de Souljacker. Sí, amigos… otro momento de confesiones desenfocadas.
Voy cerrando por aquí mientras suena Mr. E’s Beautiful Blues, y sí… “Goddamn right it’s a beautiful day”, que diría el amigo E.
Que ustedes disfruten de uno de los genios más infravalorados de los últimos tiempos.
Se lo merece.